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Silencio

Que nadie crea, cuando se siente a ver este filme que va a pasarla bien. Desde los primeros quince minutos te conminan a sufrir.

El guión, basado en la obra literaria de Shūsaku Endō, narra un pasaje de la historia religiosa de Japón, el arribo de los jesuitas al país para repartir la Fe católica. La trama se centra en la búsqueda por dos sacerdotes de un tercero, predecesor y maestro de ambos, con el cual han perdido el contacto, y los rumores lo señalan como traidor a su religión.
Los jóvenes padres convencen a su superior y se lanzan a la búsqueda. Japón se muestra cruel y feudal en ese siglo XVII, y es interesante descubrir cómo a pesar de la represión, los nativos están dispuestos a abrazar el catolicismo, so pena de torturas horrorosas al ser descubiertos.
Se centra el filme en el padre Rodrigues (encarnado por Andrew Garfield) ante su propio conflicto entre salvar a los fieles o abjurar de sus creencias.

Es una película dura, que establece una empatía con el espectador, el director (Martin Scorsese) confiesa que ha esperado casi treinta años para hacerla, no es su primer acercamiento a la religión, recordemos de su mano “La última tentación de Cristo”(1988) y “Kundun”(1997) ambas del mismo corte, la religión y el fanatismo. Scorsese es de crianza católica, así que los postulados religiosos están llevados de su mano con respeto y conocimiento.

La crítica ha sido benévola con el filme, el discurso cinematográfico es de calidad, los escenarios, la pobreza de las villas campesinas, la naturaleza en su fiereza virginal y una mención muy especial a los actores japoneses, inmensos en su humildad o en su poder.

No quiero contarles, me gustaría que la busquen. La religión es una constante de discusión y enfrentamiento en las páginas virtuales, es siempre motivo de ofensas y mal entendidos, no es mi intención hacer un análisis crítico del tema, en mi vida personal la religión está presente de diversas formas.

Confieso que asistí impresionada y adolorida a la demoledora realidad de la tortura física de personas inocentes, a las cuales se les priva del derecho a decidir en qué y cómo creer. Son dos horas y media de angustia, de desconsuelo, de descubrir una vez más la impotencia de la inteligencia ante el poder, de asistir en silencio al sufrimiento de fieles y sacerdotes, ante la disyuntiva de salvarse o traicionar. Los diálogos entre el inquisidor y el sacerdote y luego entre los dos protagonistas te hacen reflexionar, estudiarte íntimamente, asentir o estar en contra de postulados que plantean medulares discusiones sobre la existencia de Dios o no, pero sin llegar a una solución clara, resolver un enigma tan sólo te pone enfrente de otro.

Al final de las emociones que produce el filme, permaneces en silencio.