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post by duda | | 10

El hilo invisible

Una película puede hacerte reflexionar, puede llevarte a cuestionar por cuáles senderos se mueven las pasiones oscuras del yo interno, puede hacerte ver que hay demonios hasta en las almas más puras.

Paul Thomas Anderson nos sorprende con un guión y una puesta que tirará de los hilos de nuestra sensatez. Ambientada en los 50´s de Londres, la película presenta a Reynolds Woodcock, un sastre de la élite burguesa en su proceso de creación, un hombre retraído, metódico y perfeccionista, que hace culto a la belleza y la elegancia del vestuario, un día conoce a Alma, una muchacha que refleja la luz que su inspiración persigue y ambos comienzan un viaje que atará sus sentimientos más sublimes y los más lóbregos.

El filme derrocha belleza visual, los ambientes, el vestuario, la rigidez aristocrática del mundo adinerado son mostrados deliciosamente, la sin igual tarea de crear una joya en tela, el glamour de un mundo donde todo parece ser perfecto, sin sobresaltos ni alteración el tiempo transcurre diáfano para los espectadores que aguardan el florecimiento del romance entre el creador y su musa. Quizás si Daniel Day Lewis no le hubiera puesto piel a Woodcock el resultado escénico no fuera tan espectacular. Una vez más el actor reafirma que es uno de los artistas más completos del cine, ganador de tres Premios Oscar (My left foot, There will be blood, Lincoln) único en lograrlo en la historia de la Academia, aquí convence con la construcción del personaje desde el primer segundo en pantalla. Daniel atrapa al espectador en su mundo interior con la capacidad que tiene de ser quien representa en la trama.

Phantom Thread (título original en inglés) estuvo nominada en seis categorías en la última edición de los Oscars ganando solamente uno. Fue seleccionada dentro de las 10 mejores películas del año por la crítica especializada del New York Times y además es la última en la que tendremos el placer de ver al actor británico, que anunció ya su retiro.

La relación que parecía idílica entre Woodcock y Alma se torna desgarradora, atravesar los límites racionales por amor, coquetear con la muerte, amarrar la cordura y los instintos en una relación en la que se compite por derrotarse mutuamente en la pelea por no sucumbir y dejarse querer, son algunas de las lecturas sensoriales de un filme que merece nuestra atención.

Blade Runner, again…

Ridley Scott marcó un hito en el género de CF. Adelantarse tres décadas a la manera de hacer películas futuristas es algo épico, recuerdo cómo los amantes del género íbamos al cine una y otra vez tras las imágenes oscuras que nos subyugaban, replicantes, humanos, perdición, falta de esperanza, lluvia, noche, una realidad posible que de la mano del celuloide nos deslumbró. No por gusto el Blade Runner del 82´ es un clásico.

Este año un director se atreve a volver sobre el tema, desprendiéndose de las ataduras que supone el re-make, que no es tal, porque la versión 2049 que tenemos enfrente no peca de copiar a Scott, si acaso, respeta la historia original y nos muestra una continuación de lo que pudo ser, un ¿epílogo? Para Deckard o un ¿futuro? En manos de una interpretación nueva de la vida por venir.

Denis Villeneuve (Québec, 1967) me enamoró en 2016 con una cinta genial: “The Arrival”, en la misma cuerda del futurismo, una película excelente, que apuesta por un cine reflexivo pero capaz de atraparte en sus redes de la misma forma que podría hacerlo el suspenso mejor elaborado. Una visión de lo que podría ser el encuentro con una civilización extraterrestre que haga cambiar nuestra concepción del tiempo. Así que me lancé a la aventura de Blade Runner 2049 con el ánimo de ser sorprendida, con la pasión del encuentro con ése amante que de pronto reaparece en tu vida.

El filme tiene indiscutibles méritos, volvemos a sumirnos en una realidad distópica, replicantes modernizados pero igualmente sometidos, rafagazos de rebeldía, ciudades sórdidas, deshumanización, ausencia. El ambiente que recrea Villeneuve deslumbra por la monumentalidad de los escenarios, pero la lentitud de las escenas le pasa factura al interés del espectador, cuando haces un paralelo con The Arrival, sacas la conclusión que puede ser el estilo narrativo de este director, pero lo que en el tema del contacto extraterrestre es funcional, aquí se convierte en una tortura psicológica por avanzar en la historia.

No obstante, llegas al final satisfecho. Recuerdo, en el Blade 82, aquélla escena donde el replicante Roy Batly (el maravilloso Rutger Hauer), momentos antes de morir, recita las líneas que han quedado para la historia como un símbolo:

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

El final de Blade 2049 te sorprende. Inicia una melodía de ¿esperanza? ¿cambio? ¿razones para pensar que no nos espera un futuro tan espeluznante?

No lo sé. Sólo puedo recomendar su disfrute, y esperar que antes de treinta años más, podamos asistir a la continuación de la saga.